miércoles, 4 de mayo de 2016

“Luis Aparicio se agiganta en el tiempo” - por León Magno Montiel @leonmagnom

“Tu vida no es importante, 
al menos que influyas 
en la vida de otros”
Jackie Ronbinson (EEUU 1919-1972).

En el año 1956 un pelotero zuliano, con apenas 22 años de edad, logró una hazaña en el beisbol de las Grandes Ligas de los Estados Unidos: ganó el premio “Novato del año en la Liga Americana”. El protagonista de tal logro histórico fue Luis Ernesto Aparicio Montiel, representó un hecho pionero, de suprema importancia para el deporte en América Latina, sobre todo por las condiciones adversas que tenía que soslayar un caribeño para jugar en esa nación norteña en el decenio 1950. 

El novato Aparicio tenía un sueldo modesto, sin su familia en esa ciudad para que lo respaldase, y sin el dominio del idioma inglés. Luis Aparicio había debutado en el mejor beisbol del mundo el 17 de abril de 1956, lo hizo con el uniforme de Medias Blancas de Chicago, equipo fundado en 1894, que había participado en las series mundiales de 1906 y 1917. Él se convirtió en el sexto venezolano que llegaba a la liga profesional de los Estados Unidos, con el equipo de la tercera ciudad en importancia de esa nación, urbe con un largo historial industrial, de feroces luchas sociales. Una metrópoli de jazzistas y en otrora de gánsters, con una afición al beisbol intensa y entusiasta.

Para entonces, Luis Aparicio viajaba de Maracaibo a Chicago en aviones de hélices, los originarios Douglas DC-7, eran vuelos de ocho horas con escalas. Llegaba desde su cálida ciudad lacustre a enfrentarse a una megalópolis ajena, racista, fría e impaciente con los extranjeros. Como lo vivió el cubano Orestes Minnie Miñoso desde 1951, cuando fue el primer latino-moreno en jugar con White Sox.

En la lengua de sus pobladores primigenios, los potowatomis, Chicago significa: “grande y poderosa”, así era el reto de Aparicio, grande y requería de mucho poder y voluntad para superarlo.

Nos relataba el propio Aparicio Montiel, que cuando se sentía lesionado o sentía dolor, se vendaba, se colocaba hielo y tomaba calmantes para seguir jugando, porque en esa dura competencia diaria no se permitía la libertad de que subieran a otro pelotero para sustituirlo, era harto peligroso para su estabilidad como titular. El negocio del beisbol profesional, se tornaba cada día más agresivo y competitivo. 

Apenas habían pasado nueve años desde que Jackie Robinson había roto la barrera racial en el beisbol rentado y había debutado con los Dodgers de Brooklyn con su mítico número 42 en la espalda; número que sería retirado de todos los estadios en su honor por ordenanza del comisionado del beisbol mayor; al tiempo al que en cada temporada, se le rinde tributo, todos los peloteros lucen en sus espaldas el 42, en la jornada de cada 15 de abril. 

Así se mantuvo Luis Aparicio con su guante en ristre por dieciocho temporadas. Militó con Medias Blancas de Chicago por diez temporadas (divididas en dos períodos). Allí suplió a su compatriota Chico Carrasquel, su ídolo, un pionero muy querido por los fanáticos. Con Orioles de Baltimore jugó cinco temporadas y logró un anillo de Campeón de la Serie Mundial en 1966. En esa ciudad, según su testimonio; fue donde se sintió más querido, con mayor confort junto a su familia. La ciudad puerto que albergó al sabio Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, entre 1797 y 1800, donde se hizo llamar Samuel Robinson. 

Con Medias Rojas de Boston, el equipo legendario de Massachusetts, Luis sólo jugo tres temporadas, justo antes de su retiro el 28 de septiembre de 1973. Siempre se mantuvo en el nuevo circuito, la Liga Americana y siempre jugó campo corto, con dignidad. Nunca aceptó jugar primera base o banca para extender su carrera. 

Aparicio logró récords impresionantes: nueve guantes de oro, nueve veces fue líder estafador con 506 bases robadas de por vida, fue elegido 10 veces al Juego de las Estrellas, y nunca cambió de posición: debutó y se retiró como jugador número 6 (en las paradas cortas). Este dato fue muy importante para su exaltación e inducción a la inmortalidad en 1984. En las libretas de anotación siempre apareció en la “posición 6”, desde el principio hasta el final de su carrera. Logró 2.583 partidos como guardián del campo corto. 

Este maracucho, hijo de Herminia Montiel y del respetado pelotero Luis Aparicio Ortega, a quien llamaron “El grande de Maracaibo”, nació finalizando la era gomecista, el 29 de abril de 1934, en el emblemático barrio El Empedrao de la parroquia Santa Lucía, la célebre cuna de Felipe Pirela y Astolfo Romero “El parroquiano”. Le dio la bienvenida a la pelota profesional su padre, el 18 de noviembre de 1953, cuando le cedió su turno al bate en el juego de La Chinita, con el estadio hasta las banderas, aupándolo. Allí comenzó su saga de prodigios.

Luego de jugar con solvencia en la pelota criolla con el Pastora y Leones del Caracas, llegó a la “ciudad de los vientos” para hacer historia, se sembró en el corazón de esa fanaticada chicagüense. Fue exaltado al Salón de la Fama de Cooperstown el 12 de agosto de 1984, en el quinto intento como elegible. La noticia la conoció a través de la radio mientras manejaba su vehículo y escuchaba una transmisión deportiva junto a Carlitos González. 

Hasta ese momento, sólo tres latinoamericanos habían logrado tener su placa de oro en Cooperstown: 

· Roberto Clemente de Puerto Rico, en 1973.

· El cubano Martín Dihigo en 1977.

· Juan Marichal de República Dominicana en 1983.

Luis Ernesto Aparicio Montiel fue el cuarto jugador latino exaltado a la inmortalidad. Luego ascendieron a ese templo deportivo a Rod Carew en 1991 de Panamá, al puertorriqueño Orlando Cepeda en 1999 y Atanasio Tany Pérez en el 2000, el recio jonronero oriundo de Ciego del Ávila, Cuba. Finalmente, José Méndez y Cristóbal Torriente en 2006, a través del comité especial. Hace algunos años a Roberto Alomar, el segunda base boricua.

El pelotero venezolano que puede ser el próximo ingreso al templo de los inmortales Cooperstown es Omar Vizquel, el campocorto caraqueño que en 2017 será elegible. Suponemos que logrará los votos, aunque el periodista deportivo Juan Vené ha vaticinado que no ingresará. Por su parte Aparicio piensa que si entrará. Mientras tanto, Omar se mantiene ligado al beisbol en condición de técnico con el equipo Tigres de Detroit, es coach de la primera base. Vizquel a menudo brinda entrevistas, realiza charlas y rondas de autógrafos. En sus horas de descanso se dedica a pintar, ejerce su nueva pasión, el arte. 

Otro compatriota grandeliga que pudiera ingresar a futuro en el Salón de la Fama es Miguel Cabrera, con números impresionantes, superando a grandes bateadores de todos los tiempos. Cabrera representa el anhelo de nuestra afición beisbolera de tener otro “Salón de la Fama”. El Doctor J.J. Villasmil profesor de la Universidad del Zulia, nos proporcionó un dato estadístico importante, harto elocuente: “De los peloteros que llegan a las grandes ligas, solo el 3% logran ser exaltados al Salón de los inmortales”. Eso deja en claro lo exclusivo de ese club de talentos deportivos de estirpe superior.

Vimos con perplejidad la escena que vivió nuestro compatriota Andrés Galarraga en su primer intento para ser electo al Salón de la Fama, quedó fuera de competición por baja votación, obtuvo menos del 5% de los votos. Ojalá logre entrar por el comité de veteranos “El rey” David Concepción, luego de no conseguirlo con los votos de los cronistas deportivos acreditados por Major League Baseball. Algunos cronista norteamericanos opinan: “Quizá el trato hostil del maracayero con la prensa, en sus años de pelotero activo con Rojos de Cincinnati, y su baja figuración mediática, lo hayan perjudicado irremediablemente, negándole el honor de su inducción”. La cual creemos merece, y sería muy justa, sin duda alguna.

Por tanto, el logro de Luis Aparicio Montiel, como el único venezolano que tiene su placa en Cooperstown, Nueva York, se agiganta con el tiempo. Sobre todo, ahora que conocemos la bochornosa lista de grandes estrellas de la pelota que consumieron esteroides, mácula por la que estarán vetados de por vida para optar a ese lauro. Casos emblemáticos, los de Barry Bond, Alex Rodríguez y Mark McGwire.

Luis Aparicio Montiel, el eterno número 11, es un símbolo del beisbol mundial, pero también es un ícono de la zulianidad. Entendida la zulianidad como un imaginario colectivo, conjunto de costumbres, quehaceres artísticos y tradiciones propias de los pobladores de esta tierra de occidente, tan particular y fecunda. El 11 de noviembre celebramos en Maracaibo “El día de Luis Aparicio”. 

Luego de vivir tragedias familiares, rupturas dolorosas, Luis Ernesto sigue su camino erguido, lleno de triunfos al lado de su esposa Sonia, sus hijos, nietos y bisnietos. Su agente de contratos es Luis Nelson su hijo, con él comparte la rutina de eventos, entrevistas y giras por América. 

El único venezolano en el Salón de la Fama celebró 82 años de vida, con una noticia positiva: fue aprobada en la Asamblea Nacional una propuesta para que el Ejecutivo decrete el 11 de noviembre como su día en todo el país. En una votación unánime, como pocas veces vista en los últimos años, los diputados del gobierno y de la oposición exhortaron al Gobierno Nacional a decretar esa fecha en honor al inmortal zuliano. Espero así sea.

Luis Aparicio Montiel, a quien sus compañeros de clubhouse llamaron “El soldadito” por su férrea disciplina, es la inspiración más sustancial con la que cuentan los peloteros jóvenes de nuestro país. Él fue un pelotero que se hizo grande haciendo las cosas pequeñas del beisbol. Es el mejor ejemplo para todos los que quieren seguir adelante en su lucha por conquistar la gloria desde un campo de pelota.








León Magno Montiel
@leonmagnom
Leonmagnom@gmail.com


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