lunes, 27 de abril de 2015

Un siglo llamado Octavio Paz - por León Magno Montiel @leonmagnom

“Solo el presente existe”. Crisipo (Grecia, 279ac-206ac) 


El tiempo lo prueba todo, es el juez implacable, el más severo calificador, el árbitro supremo. Siendo así, el tiempo transcurrido desde 1914 hasta nuestros días, dictamina que Octavio Paz es un escritor del siglo: su obra poética y ensayística cada año escala peldaños de excelencia y logra un mayor reconocimiento mundial, con nuevas traducciones y ediciones. El gran poeta mexicano se ha hecho universal, fue un hombre de mirada clara, hablar pausado y certero, con una inteligencia prodigiosa, nacido el 31 de marzo en la convulsionada capital mexicana. Creció en las afueras de Distrito Federal, en el barrio Mixcoac, rodeado de misticismos, tradiciones nahual y deidades aztecas, que le transmitían los empleados de la casa. Su madre fue Josefina Lozano, una bella andaluza, ella le enseñó la palabra cantada, el canto melismático del sur de España, de profunda raíz morisca.

Como tantos otros escritores, Octavio recibió el influjo determinante de su abuelo, el diplomático y literato Irineo Paz, hombre de letras y abogado al servicio de la causa zapatista. Octavio se formó en la vasta biblioteca de su abuelo, en ese caserón de infinitos cuartos e inmenso jardín, era un niño solitario, ávido lector. Perteneció a la generación francófona, al igual que sus compatriotas Carlos Fuentes y Alfonso Reyes, él miraba con devoción idílica la vida cultural en París, era su anhelado epicentro artístico del mundo. Julio Cortázar, el polígrafo argentino, fue su gran amigo en París, también nació en 1914, en los albores de la primera guerra mundial, cuando el cielo europeo era desgarrado por el fuego de los obuses, y México se debatía entre revolucionarios empapados en tequila y aroma de agave.

Octavio comenzó a escribir versos en su adolescencia, publicados en revistas como Barandal:

“La madrugada: 
dispersión de pájaros 
y ese rumor de agua entre piedras 
que son los pasos campesinos”.

En 1937 asistió al Congreso de Escritores Antifascistas realizado en Valencia, España, y esa experiencia lo marcó. Lo impactó la Guerra Civil española con sus escenas de dolor, vio el odio fratricida expresado tan brutalmente. Eso lo reflejó en su producción poética: “No pasarán”. Conoció al poeta militante Pablo Neruda, al líder de los surrealistas André Breton, y al gran escritor Albert Camus, a Rafael Alberti; figuras que le inspiraron, le señalaron el camino de las letras que comenzaba a recorrer.

En el año 1942, recorrió la Costa Oeste de los Estados Unidos, llegó hasta San Francisco. En 1944 recibió la beca artística Guggenheim y pasó ese año en la Costa Este, forjando su vocación de políglota, de ciudadano del orbe. Ya antes, había estudiado en el Colegio Inglés su primaria, y en el colegio La Salle, con una educación francesa. Su padre, el Doctor Paz Solórzano era abogado y escribano, militante de la causa zapatista. Pero además, era un bebedor obsesivo, mujeriego y trasnochador. Octavio, su único hijo, no tuvo una relación cordial con él, entre ellos siempre hubo grandes distancias, inmensas ausencias. Lo describe en su poema de forma desgarradora:

“Atado al potro del alcohol, 
mi padre iba y venía entre las llamas. 
Por los durmientes y los rieles 
de una estación de moscas y de polvo 
una tarde juntamos sus pedazos. 
Yo nunca pude hablar con él. 
Lo encuentro ahora en sueños, 
esa borrosa patria de los muertos”.

Su padre murió el 8 de marzo de 1936 arrollado por una locomotora mientras deambulaba ebrio por el patio central de la estación de trenes. Octavio solo tenía 21 años cuando ese terrible hecho lo estremeció.

En 1954 Paz ingresó al servicio diplomático de su nación, lo enviaron como Embajador a París. Una vez instalado en la megalópolis europea, compartió tertulias con los surrealistas de la época, artistas que ejercían una gran influencia en los pintores y poetas del mundo desde su cofradía bretoniana en la ciudad luz.

En 1950 apareció una de sus obras más relevantes “El laberinto de la soledad” ensayo celebérrimo sobre la cultura y la psicología del mexicano, editado por Cuadernos Americanos. En palabras de Alejandro Rossi: “Hoy día El laberinto de la soledad es un libro cuya lectura forma parte de la educación escolar de los mexicanos”. Escrito entre 1948 y 1949 en París. En sus páginas Octavio Paz expresa:

“Un examen de los grandes mitos humanos relativos al origen de la especie y al sentido de nuestra presencia en la tierra, revela que toda cultura, entendida como creación y participación común de valores, parte de la convicción de que el orden del Universo ha sido roto o violado por el hombre, ese intruso”.

Su agudeza como ensayista no tuvo parangón, sus planteamientos, sus análisis blindados:

“Entre los aztecas el color negro estaba asociado a la oscuridad, el frío, la sequía, la guerra y la muerte. También aludía a ciertos dioses: Tezcatlipoca, Mixcóatl; a un espacio: el norte; a un tiempo: Técpatl; al sílex; a la luna; al águila. Pintar algo de negro era como decir o invocar todas estas representaciones”. (El arco y la lira, 1956)

El 2 de octubre de 1968, toda América Latina se estremeció con la matanza que perpetró un grupo élite del Ejército de México, llamado Batallón Olimpia. Fue en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Ese día, a las 6:10 de la tarde, cayeron bajo las balas unos 300 estudiantes universitarios, que protestaban pacíficamente. Ese hecho lo repudió el mundo entero. La orden de disparar la dio el Presidente Gustavo Díaz Ordaz, hombre colérico, vil, quien había sido entrenado por la CIA en su juventud. El poeta Paz, que en ese momento era Embajador en La India, dimitió de su cargo en protesta por el genocidio, por ese crimen aberrante. Su renuncia fue un acto de dignidad, de respeto hacia el pueblo mexicano, que más tarde lo reconoció la comunidad intelectual mundial.

Paz siempre estuvo ligado a excelentes revistas, sintió gran pasión por ellas, en su sangre corría tinta. Hizo trabajos de excelente factura para cada una, fundó la Revista Taller, escribió para Plural y creó la revista Vuelta hacia 1977. Entendía que era el medio ideal para la difusión correcta de la literatura y la crítica artística en Hispanoamérica. Él fue un gran editor y un consecuente colaborador de revistas literarias y filosóficas, toda su vida.

Recibió los premios y reconocimientos más importantes a los que puede aspirar un escritor en este mundo: Premio Jerusalén 1977. Premio Miguel de Cervantes, 1981. El Alfonso Reyes, 1985 y el Premio Nobel el 10 de diciembre de 1990: en esa ocasión pronunció un discurso memorable que tituló “La búsqueda del presente”, que ha sido estudiado y publicado de forma continua. Recibió el Premio Ollin Yolitztli de México en 1990. El Premio Príncipe de Asturias en 1993, y le confirieron la Gran Cruz de la Legión de Honor de Francia en 1994. 

Uno de los mayores reconocimientos a Octavio Paz por su colosal obra, ha sido la reinauguración de La Biblioteca Española en París, fundada el 20 de octubre de 1952, creada con los volúmenes procedentes de la Exposición del Libro Español que había tenido lugar ese mismo año en la capital francesa. En 1991, el Instituto Cervantes se hizo cargo de su gestión, y la integró en su compleja red institucional. Desde 2006 tomó el nombre de “Biblioteca Octavio Paz”, en memoria del escritor mexicano.

Octavio fue un gran defensor de la mujer, expresó: “el grado de civilidad de una sociedad se mide por el trato que esta da a sus mujeres”. Tuvo dos esposas, la bailarina y escritora Elena Garro, con quien se casó en 1937 y se divorció en 1945. Y su gran amor, la graciosa francesa Mirie José Tramini, quien había sido esposa de un diplomático galo. Con ella se casó en 1964, recorrieron La India y permanecieron unidos hasta su hora final. Precisamente a una mujer mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) dedicó su obra maestra “Las trampas de la fe” en 1982, destacando su creación poética, recreando el mural extraordinario de la sociedad colonial, el ambiente cultural del siglo XVII, y las relaciones con la poderosa iglesia. En su primera edición, el libro contó con 673 páginas escritas magistralmente sobre la poeta mestiza. En la opinión de Mario Vargas Llosa, esa obra: “es el mejor ensayo literario en lengua española”.

En su visión política Paz fue contradictorio, pues en su juventud militó fervorosamente en la izquierda mexicana, defendió las ideas marxistas con vehemencia. Al entrar en la edad madura se convirtió en un liberal feroz, inquisidor de todo lo que oliera a marxismo, en una actitud poco equilibrada, propia de un fanático anticomunista exacerbado. La posición del joven socialista, lleno de utopías y queriendo cambiar el orden mundial, la reflejó en su hermoso poema “Nocturno de San Ildefonso” el colegio donde estudió:

“Una bandada de niños con los periódicos que no vendieron hace un nido. Los faroles inventan, en la soledumbre, charcos irreales de luz amarillenta. Apariciones,
el tiempo se abre: un taconeo lúgubre, lascivo: bajo un cielo de hollín la llamarada de una falda. El viento indiferente arranca en las paredes anuncios lacerados. A esta hora
los muros rojos de San Ildefonso son negros y respiran: sol hecho tiempo, tiempo hecho piedra, piedra hecha cuerpo. Estas calles fueron canales. Al sol, las casas eran plata: ciudad de cal y canto, luna caída en el lago. Los criollos levantaron, sobre el canal cegado y el ídolo enterrado, otra ciudad”.

Logró reconciliarse con Pablo Neruda después de 25 años distanciados por el apoyo del poeta chileno a Lósif Stalin y a la URSS; exactamente en 1968, estrecharon sus manos, cinco años antes de la muerte de Pablo. Luego de ese encuentro, Paz le confesó a un catedrático amigo: “Ojalá en el futuro me juzguen por mi obra poética y mis ensayos, más que por mis opiniones políticas coyunturales”. En los años 70 se enfrentó al PRI, el partido hegemónico de la derecha mexicana, y propuso una partido alternativo, con base en el pensamiento de centroizquierda.

Octavio Paz vivió 84 años intensos, viajó por el mundo entero, representó a su nación en tres continentes, se amalgamó a la cultura hindú, a la japonesa y la francesa. Publicó 108 libros: 34 de poesía, 46 ensayos y 8 antologías. Fue un hombre que amó por igual a las mujeres y a los libros. Se entregaba feliz a la soledumbre, a la reflexión y al ensimismamiento:

“El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y El Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
esta página
también es una caminata nocturna”.

Como cantó Pablo Milanés: “El tiempo, el implacable, el que pasó”, pareciera que Octavio Paz nunca va a pasar, estará en un presente continuo, tal como lo concebían los estoicos liderados por Crisipo: Octavio es el tiempo presente, el único posible.

Murió el 19 de abril de 1998 víctima de cáncer, padecimiento que tuvo su primer aldabonazo en 1977 y lo superó. Pero en los años 90 hizo metástasis en sus huesos, dejándolo en silla de ruedas, entre hospitales y su solariega Casa Alvarado situada en Coyoacán. En sus años finales, se hizo más ermitaño, más asceta. Siempre tuvo una gran lucidez intelectual, su poesía nunca se agotó, a diferencia de otros poetas que en la senectud se les seca la musa; su inspiración lo acompañó cada mañana de su fecunda vida. Cuando caemos en cuenta que hace más de 100 años nació Octavio Paz Lozano, y observamos cómo cada día su obra escala peldaños más elevados en el arte de la palabra, concluimos: este siglo que ha transcurrido lleva su nombre.








León Magno Montiel
@leonmagnom
leonmagnom@gmail.com

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